Artículo extraído del sitio web de la Liga Internacional Socialista.
Trump volvió a la Casa Blanca y pateó la mesa sobre la cual estaba ordenada toda la configuración imperialista mundial, con todas sus instituciones, alianzas, acuerdos comerciales y delicados equilibrios de poder. Aún es imposible saber cómo caerán las fichas que ahora vuelan por el aire, pero es evidente que nada sera igual de ahora en adelante. Estamos ante cambios de una magnitud similar a los que se dieron al fin de la segunda guerra mundial o luego de la caida del muro de Berlín.
El capitalismo no se ha recuperado de la crisis sistémica que estalló en 2008 ni puede hacerlo sin una nueva guerra mundial para la cuál las principales potencias aún no se sienten preparadas o un salto monumental en la explotación que la resistencia de las masas trabajadoras aún no ha permitido. La burguesía imperialista necesita regímenes más represivos para quebrar esa resistencia e imponer un nivel de superexplotación que la salve de la crisis. Esa necesidad hace que un sector de la clase dominante impulse el actual ascenso de la extrema derecha y el giro del arco político burgués de conjunto hacia la derecha y el autoritarismo.
Trump es parte de este fenómeno global que su triunfo retroalimenta, fortaleciendo otras expresiones de extrema derecha en el mundo. A diferencia de su primer mandato, cuenta con el apoyo directo de un sector burgués, particularmente el tecnológico, los hombres más ricos del mundo, y el acompañamiento activo o pasivo del grueso de la clase dominante estadounidense.
Este apoyo proviene de una conclusión a la cual ha ido arribando la burguesía estadounidense de conjunto: los acuerdos inter imperialistas basados en la hegemonía estadounidense establecidos tras la II Guerra Mundial y el impulso a la Globalizacion capitalista pos derrumbe de la Union Sovietica ya no les sirve. Hace un par de décadas, el dominio de EEUU viene en retroceso y se fortalecen competidores tanto regionales como China a nivel mundial. La burguesía estadounidense de conjunto sabe que hace falta un cambio. No estarán todos convencidos de que es el de Trump, Musk y cia., pero siendo el único planteado, están dispuestos a ver si da resultados.
Este proyecto busca imponer una transformación estructural del régimen político y económico estadounidense y de la configuración geopolítica mundial para incrementar las ganancias de la burguesía estadounidense tanto en términos absolutos, incrementando la explotación y extracción de plusvalía, como en términos relativos, captando una porción mayor de la masa global de plusvalía a expensas de los competidores.
Desde que asumió Trump, su gobierno ha implementado una batería de medidas para reducir al mínimo las funciones sociales del Estado, desde pausar toda la ayuda internacional a desarmar el ministerio de educación. Elon Musk obtuvo superpoderes para intentar recortar 2 billones de dólares, un tercio, del Presupuesto nacional. Un ajuste sin precedentes que caerá sobre el conjunto del pueblo trabajador estadounidense. Ha redoblado la persecusión y criminalización de los inmigrantes, profundizando su superexplotación, que genera ganancias extraordinarias en sectores clave de la economía y presiona a la baja al conjunto de los salarios.
El nuevo gobierno también impulsa una transformación política estructural que pretende imponer un régimen más autoritario y represivo. El indulto a los militantes de la intentona contra el Congreso de 2020, la nada disimulada persecusión política y los secuestros y deportaciones de activistas de la causa palestina con residencia legal y de venezolanos a los campos de concentración de Bukele son los ejemplos más salientes de esta orientación.
El giro autoritario les es necesario para hacer pasar los planes de ajuste que impulsan, pero también es parte de su “lucha cultural” para consolidar una base social reaccionaria arraigada en sectores de la clase trabajadora y pequeña burguesía del país. Las posiciones descaradamente racistas, xenófobas, misóginas, homófobas y nacionalistas y los ataques a los derechos de todos los sectores oprimidos tienen este fin.
Toda la política interna del nuevo gobierno contribuye al objetivo central de intensificar la explotación para aumentar las ganancias capitalistas. Toda su política exterior apunta al mismo fin por la vía de que la burguesía estadounidense se quede con una mayor porción de la plusvalía global a expensas de los competidores del resto del mundo.
El nacionalismo proteccionista y las tarifas que está imponiendo sobre las importaciones tanto de rivales como China como las de aliados y socios comerciales históricos como Canadá, México y Europa le otorgan ventajas a las empresas locales para realizar ganancias en el poderoso mercado estadounidense. Algunas de estas medidas perjudican a las multinacionales estadounidensas que tienen gran parte de su produccion instalada en el exterior. Apuestan a que éstas tengan que repatriar sus operaciones, fortaleciendo a la burguesía nacional de conjunto.
Con el mismo fin, el gobierno de Trump ha provocado un cambio global en la configuración geopolítica imperialista. Ha roto las alianzas principales y organismos multilaterales desde las cuales Estados Unidos ha proyectado su poder desde la Segunda Guerra Mundial. Ve en todo ese andamiaje un gasto innecesario con un propósito obsoleto, un cepo que ha hecho retroceder al imperialismo estadounidense frente a sus competidores y que necesitan sacarse de encima para defender su hegemonía.
Pretende reemplazarlo con un nuevo órden basado en la ley de la selva del capitalismo más crudo. Busca negociar con las principales potencias militares y economicas un nuevo reparto del mundo a expensa del resto, y un acuerdo en el que EEUU, siendo todavía la mayor fuerza, mantenga su superioridad. Las negociaciones de Trump con Putin ilustran esta orientación, y la relación estrecha de Rusia con China abre la hipótesis de que ésta sea parte de una eventual negociación global. Sin embargo, ningún acuerdo entra las principales potencias imperialistas eliminaría la competencia, disputa y conflictos entre ellas.
Esta estrategia implica someter más a todos los países semicoloniales que pueda y tambien a los aliados históricos de EEUU como Europa, Canadá o Japón. Con extorsión patoteril, intenta imponerles relaciones comerciales tributarias y quebrar su soberanía para hacerse de los territorios y condicions que considere necesarias para ubicarse con más fuerza frente a las otras potencias emergentes.
La negociación entre Trump y Putin para repartirse el territorio y los recursos del país entre Rusia y EEUU a espaldas del pueblo ucraniano y la UE es el ejemplo mas claro. La intervención de Trump para terminar con la guerra “visible” en Gaza y habilitar la limpieza étnica de los palestinos mientras expresaba sus intenciones de fundar una colonia estadounidense en Gaza va en el mismo sentido. Al igual que los anuncios de sus intenciones de colonizar Groenlandia y tomar control del Canal de Panamá o la amenaza de anexar Canada a EE.UU..
Está por verse cuánto de su proyecto efectivamente logra el gobierno de Trump. Pero ya estamos ante un cambio estructural en la configuración del imperialismo mundial. Aunque buscan crear un nuevo orden mundial que salve al capitalismo de su crisis sistémica, es más probable que generen un mundo más inestable y conflictivo, un desorden mundial como nunca hemos visto. Al poner en cuestión todas las relaciones de poder, alianzas y disputas que brindaban algún nivel de estabilidad, volverán a entrar en disputa numerosas fronteras, soberanías y zonas de influencia. El proceso de reconfigurar el órden que buscan construir va a desatar más conflictos y guerras regionales.
Esto es particularmente claro y alarmante en Europa cuya burguesía, abandonada por su protector americano y presionada por una Rusia a la ofensiva, tiene toda la intensión de entrar en la carrera para recuperarse como potencia imperialista con peso propio. Los Estados de la UE y el Reino Unido se han lanzado a una apresurada miltarización, duplicando o triplicando presupuestos militares, reconvirtiendo su industria siderúrgica, automotríz y tecnológica a la producción de armas y relanzando o fortaleciendo sus programas de armas nucleares.
Además de generar un mundo más peligroso y proclive a la guerra, el rearmamento va a implicar un ajuste y ataque al nivel de vida que los trabajadores europeos no han enfrentado en décadas. Esto en un contexto de, por un lado, ascenso de la extrema derecha, giro a derecha del conjunto de las fuerzas políticas y avance de políticas antimigratorias, autoritarias y reaccionarias que se profundizarán con la militarización y el ajuste que se viene. Y, por el otro, años de ascenso de la lucha de clases que indica que toda la orientación de la burguesía provocará una fuerte resistencia.
La ofensiva imperialista es una parte del proceso de polarización que tiene del otro lado resistencias, movimientos de masas, huelgas, rebeliones y revoluciones. Al recrudecer la lucha de clases, esta ofensiva también puede despejar algunos obstáculos de confusión ideológica y generar más espacio para la izquierda revolucionaria.
La principal potencia imperialista ha abandonado su disfraz democrático, sepultando ese imperialismo occidental que encarnaba el engaño de la democracia liberal y el capitalismo humanitario. Los revolucionarios volveremos a ser los únicos defensores de la libertad, la democracia y la autodeterminación de los pueblos. La negociación en curso sobre Ucrania desenmascara tanto a la OTAN como a Rusia, revelando los intereses puramente imperialistas de ambos. También expone a Zelensky y la cobarde burguesía ucraniana, dispuestas a entregar país y pueblo para negociar parte de su riqueza. Revela que los únicos amigos del pueblo trabajador ucraniano somos los revolucionarios y los pueblos del mundo que apoyamos desde el inicio al pueblo ucraniano y su resistencia contra la invasión rusa y la ingerencia de todo imperialismo.
Los revolucionarios tenemos que analizar los cambios profundos que están en curso para intervenir en las agudas luchas que se vienen. No podemos predecir el desenlace, pero sí que los ataques a las masas trabajadoras van a ser más agudas, que van a ser resistidos, que la defensa de los derechos democráticos van a cobrar una mayor importancia, y que mientras no nos derroten, va a haber oportunidades para construir partidos, y si avanzamos en el reagrupamiento principista de los revolucionarios estara planteado construir una nueva y fuerte Internacional revolucionaria.
Abril, 2025